El lugar de México en el mundo es complicado de establecer ya que puede ser considerado como parte de Norteamérica o América Latina dependiendo del criterio utilizado. Económicamente es un país próspero con una alta tasa de pobreza, mientras que militarmente es un actor importante pero sin demasiado poderío.
En términos políticos, México es un actor en la escena internacional pero suele abstenerse de tomar partido en conflictos, lo cual se debe a su política exterior que busca evitar intervenciones y apoyar soluciones pacíficas. Esta postura ha sido mantenida por varios gobiernos a lo largo del siglo XX.
La historia de México está marcada por traumas decimonónicos como la intervención española, la invasión francesa en Veracruz y la guerra con Estados Unidos que le costó la mitad de su territorio. Como resultado, los gobernantes mexicanos han priorizado la estabilidad interna sobre todo lo demás.
La Doctrina Carranza, establecida por el presidente Venustiano Carranza en 1918, fue un hito importante en la política exterior mexicana. Esta doctrina estableció el principio de no intervención y de igualdad ante la ley de todos los países.
Durante la guerra civil española, México dio asilo político a miles de exiliados republicanos españoles, muchos de los cuales se convirtieron en referentes culturales del país. En la década de 1960 y 1970, México fue un actor clave en las iniciativas de desnuclearización y firmó el Tratado de Tlatelolco.
En conflictos como el de Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Chile y Colombia, México ha jugado un papel central como mediador entre partes para la firma de acuerdos de paz. Sin embargo, a menudo se abstiene de tomar partido en conflictos internacionales.
La política exterior mexicana también ha sido influenciada por su relación con Estados Unidos y Cuba. Desde 1959, México ha sido el único país latinoamericano que no rompió relaciones con Cuba y ha utilizado esta relación como un factor de equilibrio en su interacción con Estados Unidos.
En los últimos años, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha radicalizado esta política exterior, buscando equilibrar sus relaciones con Trump en Estados Unidos y Maduro en Venezuela. Sin embargo, no todos los mexicanos están de acuerdo con esta postura y algunos argumentan que la política de no intervención se ha convertido en una herramienta para mantener el statu quo.